Cómo es una clase

En una clase el alumno llega, se quita los zapatos, se pone delante de una silla y espera a las manos del profesor. Mientras el alumno mira hacia fuera, tal vez a través de una ventana, el profesor pone una mano, en el cuello o la espalda y empiezan a trabajar. El profesor necesita información que le llega a través de las manos. El alumno necesita observar que es lo que pasa cuando no pasa nada. Ambos necesitan escuchar y para escuchar se necesita quietud, calma, no preocuparse.

Así es como comienza una clase, lo que le sigue a esto es menos predecible, pero en general, lo que suele ocurrir es que el alumno se levantará y sentará de la silla siguiendo la guía del profesor, a través de sus manos y sus palabras. El alumno aporta su pensamiento y su energía para poder explorar nuevas maneras de afrontar una actividad. En éste caso es sentarse y levantarse, pero los principios que se aprenden en la silla se pueden aplicar a cualquier situación, ya sea tocar el violín o trabajar en urgencias. La silla se utiliza por varias razones prácticas: es algo que hacemos diariamente, es una posición desde donde realizamos luego actividades más complejas, tocar el piano, usar el ordenador… y sobretodo es una actividad lo suficientemente sencilla para que: el profesor pueda detectar cuáles son los hábitos de uso particulares de esa persona al reaccionar ante un estímulo cualquiera, y el alumno no se distraiga con una actividad más absorbente. De esta manera se comienza a trabajar juntos para romper con hábitos perjudiciales que se han cultivado durante toda una vida. Ésto no es tarea fácil, se necesita mucha práctica y ayuda de un profesor.

El profesor es imprescindible para poder visitar sitios a los que nosotros solos ni nos acercaríamos. Nuestras sensaciones avisarían de que por ahí no, que es raro, incorrecto, y nuestra mente construiría excusas para convencerte de que es imposible. Pero una vez que el alumno tiene la experiencia de que en ese sitio desconocido las cosas son más fáciles: se respira mejor, hay menos esfuerzo múscular y más energía, ligereza,etc; esa sensación rara irá cambiándose por otra más positiva y lo desconocido se convertirá en algo de lo que no huyamos. Es más, se convierte en una herramienta para identificar qué es lo incorrecto, qué es lo que tenemos que evitar. A través de la  inhibición dejamos de interferir negativamente en el funcionamiento general de nuestro organismo, (el sistema nervioso, la circulación, la respiración, etc) y a partir de aquí se comienza a cultivar una tendencia para mejorar.

El tiempo necesario para aprender a aplicar en uno mismo los principios de la Técnica dependerá de la persona y de cuánto quiera profundizar, pero la recomendación que hacía Alexander y que siguen recomendando las asociaciones de profesores de Técnica Alexander es que se necesita un mínimo de 30 clases.

La duración de una clase es de 30 min.