El “no hacer”.

En una clase de Técnica Alexander tenemos el tiempo y la oportunidad de practicar «el no hacer», de eso trata una clase. En cambio, la vida diaria se trata principalmente de hacer. Pocas veces podemos detenernos y ponernos en una situación de no hacer. Por eso lo que intentamos inculcar en nosotros mismos es esa práctica del «no hacer». Para que, poco a poco, en medio del torbellino diario de acciones, encontremos esas décimas de segundo donde nos permitimos parar y pensar.

«No hacer es, sobre todo, una actitud de la mente. Es un deseo. Es una decisión de dejarlo todo y ver lo que pasa, lo que sucede. La respiración y la circulación y los mecanismos posturales están en funcionamiento y han tomado el control. El organismo está funcionando de manera automática y vosotros no hacéis nada.

Para lograr de verdad no hacer nada, es preciso ejercer control sobre el proceso de pensamiento. Es preciso realmente desear no hacer nada. Si por vuestra mente atraviesan pensamientos de ansiedad, de preocupación, si tenéis pensamientos apasionantes, pero que no son relevantes para la situación que os ocupa, se estimulan ciertas respuestas en el cuerpo que no son compatibles con no hacer nada. No es simplemente cuestión de no moverse -eso puede conducir a la rigidez o a la paralización- es cuestión de dejarse verdaderamente en paz a uno mismo y dejar que todo suceda sin más, y que sea esta la actitud la que impere.(…).

Como la mayoría de las cosas de la vida, no es algo que se pueda conseguir sencillamente deseándolo, pensando simplemente: me dejo en paz a mí mismo y no hago nada. Desgraciadamente, no funciona así. Todo el proceso exige mucha práctica, y una buena dosis de observación. De todo este proceso se puede obtener una gran cantidad de experiencia, y por eso es, precisamente, por lo que lo hacemos.

Muchos alumnos, personas bastante experimentadas, en el fondo de su mente, tienen la siguiente preocupación: «Todo esto de no hacer está muy bien y es estupendo, pero ¿qué tiene que ver con el mundo real, donde se nos exige tanto y cuando tengo tantas cosas que hacer? ¿No sería mucho mejor aprender, estudiar cómo hacer las cosas mejor, cómo conseguir nuestros fines, etc.? ¿Cómo hacer las cosas de forma más efectiva?».

«La cuestión que tenéis que entender (…) es que no hacer es una base indispensable para hacer. Cuando vayáis a hacer algo, es preciso asegurarse, en la medida de lo posible, de que lo que se hace es lo apropiado, que se está utilizando la cantidad de energía precisa, y que uno está haciendo lo que pretende.

Pero ¿cómo se puede medir lo que hacemos? ¿Cómo se puede decidir realmente si lo que se hace está bien o mal dirigido? Es preciso tener un criterio con el que poder comparar. Es mediante el no hacer cómo se puede establecer este criterio, porque se identifica con un punto en el que no se está haciendo nada. Cuando no se hace nada, se es consciente de la propia respiración. Se es consciente de la circulación y del equilibrio. Se es consciente de la coordinación.

El cultivo de la conciencia está íntimamente ligado al no hacer. Es mucho más difícil ser verdaderamente consciente cuando se está ocupado en hacer algo. Si realmente queréis escuchar y ver, es preciso estar en silencio, en calma y tranquilos. Así pues, si queréis ser conscientes de vuestro propio funcionamiento, se necesita calma, quietud y tranquilidad para desarrollar la conciencia.

No se obtiene la conciencia por destellos momentáneos. Es algo que se va construyendo durante ciertos periodos de tiempo. Sobre esa base, cuando hagáis algo, habréis elegido hacer, en lugar de no hacer. Entonces, cuando se decide hacer algo, se dispone de una base, un patrón con el que comparar. Podréis percibir perfectamente, por etapas, la forma en que se dirige la acción, su nivel de éxito, hasta qué punto la energía se está aplicando bien o mal. A partir de eso, se crea un registro.»1

1 Pensando en Voz Alta, de Walter Carrington, Editorial Mornum Time Press.